¿VALORAMOS LO INVALORABLE?


¿VALORAMOS LO INVALORABLE?

Seamos sinceros, y no nos hagamos trampas al solitario. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a trabajar veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, sin derecho a vacaciones ni festivos, sin expectativas de promoción profesional, sin derecho a bajas laborales ni enfermedades profesionales, con una carga de trabajo siempre en aumento, atentos a cubrir el trabajo que otros no hacen y sin derecho a jubilación, y todo ello sin protestar y con una sonrisa amable?  A quien nos propusiera esto lo tacharíamos de loco o simplemente de esclavista y explotador. Y sin embargo más de la mitad de la población del mundo desarrolla este trabajo, o más bien habría que decir múltiples trabajos. Trabajos para cuyo desempeño nadie les ha exigido un master en economía, y sin embargo tiene que administrar recursos económicos; ni una ingeniería industrial, y se ocupa de tareas de mantenimiento; ni un máster en restauración y dietética y sin embargo se ocupa de la elaboración de varios menús al día; ni de logística y tiene que preparar el suministro de alimentos; ni un máster en liderazgo y formación, y se ocupa diariamente de revisar trabajos académicos; ni un doctorado en medicina o enfermería y atiende hasta altas horas de la noche gastroenteritis, otitis, gripes, sarampiones…, ni un máster en geriatría y ¡cuántos abuelos no habrían terminado en centros geriátricos si no fuera por su dedicación!

¿De quién estamos hablando? ¿Quién sería capaz de hacer todas estas cosas de dimensiones sobrehumanas, sin retribución alguna a cambio, cuando otras personas con mejor formación han sucumbido no haciendo ni la décima parte de lo que ellas hacen? Pues hablamos de esos millones de mujeres y hombres, la mitad de la población, que generosamente olvidándose de sí mismos y de sus aspiraciones personales y profesionales, se dedican en cuerpo y alma al cuidado de sus familias.

Nadie puede dudar de que el trabajo de dedicación a la propia familia tiene una gran relevancia social, para su familia, en primer lugar, y también para el resto de la sociedad, y sin embargo se suele realizar en un contexto de vulnerabilidad y de inestabilidad de cara a un futuro personal. Es de justicia, por tanto, que el trabajo no remunerado de atención de la propia familia sea reconocido socialmente y compensado bien de manera directa o indirecta.

Desde AVANZA queremos en primer lugar rendir nuestro reconocimiento a todas estas personas – sobre todo mujeres- y hacernos eco de algunas de las medidas que contribuirían a hacer justicia con ellas y con sus familias.

 

Pero, en primer lugar, y antes de señalar algunas de las medidas posibles y con el objeto de ponderar la necesidad de llevarlas a cabo, intentemos valorar el salario de quien se dedica en exclusiva a labores no remuneradas en el hogar. Para aproximarnos a ese salario, podríamos tomar como referencia lo que gana una empleada del hogar por cuarenta horas de trabajo, que viene siendo en torno a 1.000 € al mes. En el caso, el más normal, de quien atiende su hogar y que triplica el número de horas al día y sin descanso semanal, tendríamos que multiplicar por tres esa retribución, situándonos en torno a 3.000 € al mes.

Una vez establecida una valoración económica del trabajo no remunerado en el hogar, y visto que su materialización en forma de un salario familiar podría no ser viable en el corto plazo, desde AVANZA entendemos que sí caben otras medidas que entrañan menos dificultades; entre otras el salario indirecto a través de subvenciones y prestaciones; deducciones en el IRPF en las declaraciones conjuntas cuando uno de los cónyuges desempeñe labores no remuneradas dentro del hogar; incremento de los mínimos vitales a desgravar en el IRPF; o el reconocimiento de una pensión contributiva en favor del cónyuge que se dedica a la familia.

También, en cuanto sea presupuestariamente posible, habría que ir caminando hacia la creación de un salario familiar empezando quizá por quienes tienen hijos menores o enfermos y personas mayores a cargo para ir progresivamente ampliando el elenco de beneficiarios.

 

Son medidas que tendrían un costo económico importante para la Hacienda Pública, pero que no tardando mucho tiempo revertirían en un mayor valor añadido. Una sociedad es justa cuando más justamente trata a las personas. El trabajo callado que realizan tantas personas en el hogar, por su gran relevancia para la sociedad merece una respuesta adecuada.

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