La política, la gran política, la demagogia y el corto plazo


La política, la gran política, la demagogia y el corto plazo

Los pensadores griegos fueron muy conscientes de la necesidad de distinguir entre la democracia y la demagogia, una mera caricatura de la política, el engaño de sustituir el análisis decente de los problemas por la explotación indecente de sentimientos que sirven para ofuscar, que nunca hacen política sino su negación en forma de conflicto incesante, impreciso y oscurecedor.

Ahora no nos preocupamos tanto de la demagogia por dos razones, porque la hemos incorporado a la política habitual como un ingrediente indispensable, y, sobre todo, porque consentimos que, con demasiada frecuencia, la política se convierta en el arte de discutir cuestiones menores con la pasión necesaria para que nos olvidemos de lo que realmente importa. Miremos alrededor, y no dejaremos de encontrar ejemplos de cómo los problemas de fondo se posponen una y otra vez mientras se nos entretiene con pequeñas escaramuzas que no significan nada esencial ni realmente importante. El cortoplacismo es, hoy en día, la verdadera demagogia y por eso los políticos dedican tanto esfuerzo a “administrar los tiempos”, a hacer que la actualidad indebidamente peraltada y coloreada nos haga olvidar lo que debiera importarnos, la gran política.

La gran política consiste en hacer ver a los ciudadanos que el presente es mucho más espeso y duradero que un telediario, que un tweet, que es la realidad que se nos escapa mientras estamos distraídos con cualquier incidente que, en realidad, carece de cualquier relevancia. Los españoles nos dejamos llevar con demasiada ligereza de lo importante a lo anecdótico, de lo esencial a lo circunstancial, tendemos, por tanto, a no caer en la cuenta de nuestros verdaderos problemas que no son, precisamente, de ayer, ni se van a arreglar en una semana. En buena medida esos problemas no son solo nuestros, sino de toda Europa, pero empecemos por aquí.

Tenemos, en primer lugar, un problema grave que afecta a nuestra unidad y a la identidad compartida. Es un caso claro de cómo hemos ido relegando, una y otra vez, esta gran cuestión para convertirla en una pelea de corto plazo. Ahora nos damos cuenta de que ha sido un error no afrontar de manera decidida la defensa de la unidad de España y es muy fácil que el Gobierno vuelva a caer en el mismo tipo de errores al respecto, cediendo otro poquito, sin hacer nada más, a ver si como por arte de magia el problema desaparece. No es así, no se trata de un problema fácil, pero se puede convertir en un auténtico desastre si se persiste en la intención de convertir un problema que ya dura bastante más de un siglo en un asunto que se puede arreglar a base de meras palabras, ignorando su importancia y la necesidad de abordarlo de manera integral, firme y decidida, para empezar a ganar la batalla de la unidad que vamos perdiendo por goleada al considerarla como un tema coyuntural, como una rareza pasajera.

La inmigración es un segundo gran tema está íntimamente relacionado con el anterior, y de nuevo hemos tendido a tratarlo de manera superficial, sin pensar profundamente en sus causas, en sus efectos y en la manera de abordarlo. De la misma forma que el problema de la unidad española no puede tratarse como un asunto puramente administrativo o, más generalmente, de legislación, el problema de la inmigración no puede considerarse meramente como una cuestión de carácter laboral o de orden público. El mundo que nos rodea desde el Sur se desparrama sobre nosotros y apenas acertamos a considerar esa tremenda realidad como un engorro humanitario y burocrático. La izquierda pretende seguir sacando energía electoral de explotar nuestra mala conciencia al respecto, pero se olvida de señalar que como promotores que fueron de un irresponsable abandono del tercer mundo, y en especial de África, en nombre de la liberación de los pueblos, se han de hacer, siquiera parcialmente, responsables del horrible desbarajuste que ha ocupado el lugar de un orden seguramente injusto, pero menos cruel y despiadado que el que ahora arroja a centenares de miles al mar. Por decirlo de una manera sumaria, o conseguimos que África se europeíce o Europa se acabará africanizando, así de simple.

A nadie se le escapa que la inmigración no sería lo que está empezando a ser si nuestro mundo no mostrase un profundo desfondamiento demográfico, si Occidente, y no solo España, no hubiese perdido de vista sus razones de ser y de vivir, su crisis moral, cultural y religiosa. Una sociedad que no parece capaz de asegurar su supervivencia demográfica no puede dejar de enfrentarse a un problema de tanta trascendencia, y no se puede limitar la política al respecto a proponer soluciones que ya se sabe que no significan nada, que no solo no sirven para revertir el proceso de disminución de la población autóctona sino que no está nada claro que no sirvan precisamente para lo contrario. Hay que repensar las razones por las que merece la pena vivir y actuar en consecuencia. Es absurdo no ver cómo la resistencia a la maternidad está en la raíz de este proceso y es imprescindible ponerse a revisar cuanto damos por sabido al respecto para tratar de recuperar esa fuente normal de crecimiento, renovación y progreso.

Más familia y menos Estado, más libertad y menos controles, más competencia y menos barreras de acceso han de ser, seguramente las vías por las que nos hagamos capaces de recuperar la alegría de vivir y el sentido de la dignidad de la vida que siempre ha estado detrás del gozo de la descendencia. Hoy todo eso esta oscurecido y lo menos que podemos hacer es darnos cuenta de que necesitamos luz, mucha luz, para tratar de ponernos a la altura de un problema que desafía la mayor parte, si no todas, de las convenciones políticas que están detrás de ese indebido denominador común de tantas políticas, de ese consenso socialdemócrata que ha convencido a muchos ciudadanos, y en parte a casi todo el mundo, de que el Estado es la nueva Providencia, que nada debe preocuparnos cuando pongamos todo en sus manos, y eso es algo que ya ha sucedido, por desgracia.  Se trata de una gran mentira: no hay ingeniería social capaz de reparar las graves grietas morales y culturales que es necesario empezar a restañar mediante la responsabilidad y el valor de cada uno de nosotros. Si no lo hacemos, el Estado de Bienestar dejará de ser un sueño para convertirse en una auténtica pesadilla.

El menosprecio a la libertad personal, a la capacidad de cada cual para organizar su vida, su economía y sus ideas, el sometimiento de todo a una dictadura anónima, burocrática, supuestamente blanda, es una de las raíces más hondas de los problemas que padecemos, de la ignorancia culposa sobre lo que pasa y lo que debiéramos hacer. Se nos invita a confiar en poderes sobrehumanos, en una razón despersonalizada y por encima  de cualquier crítica, y en nombre de esa falsa religión colectivista se nos somete a una tiranía que es, sobre todo, moral y mental, que no nos deja pensar con libertad y, menos aún, actuar en consecuencia, que nos arrebata los frutos de nuestro esfuerzo, que nos vacía el bolsillo y nos somete continuamente a un severo juicio inquisitivo ante los nuevos dioses de una opinión manipulada y torpe frente a la que se nos declara culpables sin posible redención a nada que se nos ocurra insinuar una palabra levemente distinta de las impuestas por unos poderes tan efectivos como oscuros.

Estas son algunas, no todas, de las cuestiones que debieran formar parte de la gran política, pero para conseguir eso hay que empezar por plantearlas con claridad en el debate ciudadano, por conseguir que todos sintamos la preocupación por esas grandes cuestiones y el deseo eficaz de encontrarles tratamiento, de ganarnos el derecho a esperar que tengan solución.

 

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