¿QUIÉN PULSA EL INTERRUPTOR? (PUBLICADO EN EL MUNDO)


¿QUIÉN PULSA EL INTERRUPTOR? (PUBLICADO EN EL MUNDO)

EL 15-M FUE la consecuencia aparente de la desafección de los ciudadanos con los políticos. Ese movimiento pareció que, de la mano de Podemos, pasaba a estar representado en las instituciones. Empezamos a ver a ese populismo como una pandemia con la llegada de Tsipras y la práctica desaparición de los partidos tradicionales en Grecia, pero sobre todo, con los hitos del Brexit, el auge de la extrema derecha en algunos países de Europa, la elección de Donald Trump como presidente de los EEUU o el delirio independentista en Cataluña. Pero antes se reveló la existencia de la postverdad o de las noticias falsas como ingrediente imprescindible para que todo lo anterior ocurriese. El último capítulo de este relato que empezó en 2011 es el papel jugado por plataformas como Google, Facebook o Twitter, con cuentas alojadas en Rusia o Venezuela, en todas las maniobras de desestabilización política a las que he hecho alusión.

Hasta aquí, la realidad tal como se nos ha contado. Sin matices y a golpe de titular y de tertulia, en muchas ocasiones sólo con 140 caracteres (ahora 280), con más medios técnicos y de manera más global e incluso plural que cuando la agenda informativa la marcaban sólo los medios tradicionales. Aparentemente más libres, más informados y por tanto, con mayor capacidad crítica. Pero sólo aparentemente.

Desde la aldea literal a la aldea global, en todos los tiempos, la noticia o el relato, convenientemente magnificados han movido a las masas y las ha llevado a lo mejor o a lo peor. Del linchamiento físico al virtual (o a ambos), la diferencia sólo estriba en la amplificación de los sucesos y de las ideas. Salvar a Barrabás en lugar de a Jesús. El poder del agitador profesional que mueve la voluntad de la muchedumbre, la del creador de opinión, y ahora los perfiles falsos en las redes movidos desde Rusia o Venezuela. No importa la herramienta que se utilice, cuál sea el conducto por el que le llegue la actualidad, lo cierto es que la agenda seguimos sin marcarla nosotros y cuando nos movemos, ha habido otros que han pulsado el interruptor de nuestra indignación o de nuestra empatía, los mismos que, llegado el momento, lo apagan.

Volvamos al movimiento del 15-M. De la mano de esa desafección con la política tradicional, vino una exigencia de mayor ejemplaridad y de transparencia en el ejercicio de la política. Al mismo tiempo que los casos de corrupción llenaban portadas, los medios de comunicación se hicieron eco de sueldos y prebendas, reales o imaginarias de los que se beneficiaban los políticos, mientras la crisis económica azotaba los hogares españoles.

La indignación tomó forma y se aplicaron medidas para atemperarla. Muchas de ellas fueron tan demagógicas como los titulares que las habían ocasionado pero -y eso es lo importante- no se abordaron ni las causas ni las consecuencias, ni se planteó una reforma del sistema político o de la Administración que pusiese coto a lo malo y preservase lo bueno del ejercicio de la política.

Ha pasado el tiempo y, aunque la corrupción sigue preocupando a los ciudadanos, la demanda de transparencia parece haber desaparecido, tanto, que de manera significativa, esos portales de transparencia que se crearon al calor de la indignación popular, permanecen, la mayoría inactivos, la autoexigencia de limpieza en los procedimientos administrativos brilla por su ausencia y, en cuanto se ha quitado el foco, todo ha vuelto a donde solía.

La llegada de los que gritaban en las calles a las instituciones -Podemos y otros asimilados-, ha tenido un efecto balsámico. Ahora que forman parte de la casta, no sólo se ha hecho el silencio sobre el estatus de los políticos, sino que se ha pasado a justificar conductas que no hubiesen pasado ni por el tamiz previo a los indignados del 15-M.

Y a todo esto ¿qué ha ocurrido con la regeneración política? Bajo mi punto de vista, la calidad democrática ha empeorado. La corrupción sigue campando a sus anchas porque -otra vez el relato- se nos pretende hacer creer que sólo consiste en robar para provecho propio o del partido, de manera que la prevaricación o la malversación de caudales públicos nos parecen delitos menores y, en ningún caso los vemos como corrupción. Mucho menos, cuando se lleva a cabo en nombre de una idea.

Sin embargo, creo que somos una sociedad políticamente enferma si damos lo anterior por bueno. Si no nos escandaliza que los presupuestos se gasten en pagar favores a asociaciones y personas afines a quienes gobiernan; si no se invierte en infraestructuras necesarias por cuestiones ideológicas o simplemente por pura inoperancia, vaguería o desconocimiento de cómo se hacen las cosas; si por el mismo motivo se dejan perder las aportaciones del Estado -pongamos al Plan de carreteras- ; si se insiste en conculcar la Ley con expropiaciones dudosamente legales, sabiendo que los tribunales no te darán la razón, pero alargando el trámite para que la indemnización la pague otro; si se permite tener una de las ciudades más sucias de España, mientras el dinero de EMAYA se invierte en uniformes nuevos para una plantilla artificialmente engordada; si se multiplica el número de cargos públicos, no en función de su utilidad o preparación, sino de la necesidad de hacer favores a los miembros de todos los partidos en el gobierno; si, por un lado, no se ejecuta el presupuesto y por otro, no hay dinero para paliar las necesidades reales de los ciudadanos. La lista puede ser infinita, tanto como los motivos para pensar que damos por bueno un sistema corrupto sin que nos importe demasiado.

Ya sabemos que los alcaldes independentistas que se desplazaron a Bruselas, lo hicieron con cargo a las arcas municipales. Desconocemos en qué capítulo incluyeron la excursión y si el interventor de sus ayuntamientos lo dio por bueno. Todo apunta a los delitos de prevaricación y de malversación de caudales públicos, pero en ese caso, como todo el presupuesto que se ha puesto al servicio de una idea y no del bien común, los creadores de opinión de esta sociedad enferma no han pulsado -por lo que sea- el interruptor de la alarma por corrupción.

 

Gari Durán es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO/El Día de Baleares.

FUENTE: EL MUNDO

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