A todos esos (publicado en el mundo)


A todos esos (publicado en el mundo)

A TODOS LOS PROGRES DE SALÓN, a los que se escandalizan según marque la última tendencia pero miran para otro lado ante las injusticias que les ponen ante el espejo, u obvian las que les da pereza investigar. A los de los lacitos de los días pares y las reivindicaciones de los impares. Los que se indignan cuando lo marca el calendario o según diga la biblia progre. Los que señalan a los impíos, repudian a los que disienten y deciden lo que está bien y lo que está mal. A todos esos, déjennos en paz.

A mí y todos los que nos tomamos la molestia de pensar en nombre propio y nadar contracorriente. Todos los que preferimos no tener razón a que nos la quiten a base de limitarnos el derecho de pensar como nos dé la gana y ponernos -si nos place- la etiqueta que nos convenga. Y sí, dirán que empiezo por señalar a un grupo llamándole progre, pero ¿es que no se definen así los guardianes de las esencias del pensamiento postmoderno? ¿No corren a llamar progresista a todo lo que hacen, desde cortar una calle, destruir un monumento o aprobar leyes con las que inmiscuirse en la vida privada de sus conciudadanos?

Déjennos en paz. Sé que dos de sus mayores obsesiones son los niños (en lo que los pueden convertir de adultos) y la religión católica. Somos un país aconfesional en el que la mayoría de sus ciudadanos están bautizados en el catolicismo y en la que está vigente una ley de libertad religiosa. Dejemos la religión en el ámbito privado -perfecto- y aceptemos que existen manifestaciones religiosas multitudinarias que forman parte de nuestra tradición -la cabalgata de Reyes, por ejemplo- , sostengámoslas con fondos públicos de manera proporcional a su popularidad y en la misma medida en que sostenemos otro tipo de manifestaciones - las maratones, las cabalgatas del Día del Orgullo Gay, las fiestas patronales- y dejemos que sean aquello para lo que se crearon.

Por ejemplo: La cabalgata de los Reyes Magos no está para fomentar la diversidad, el pacifismo, el ecologismo o el veganismo -ni el comunismo, como se hizo en la II República-, sino para recordar unos hechos de carácter religioso que se han convertido en una fiesta para los niños. Como tampoco tendría sentido que en la marcha del Orgullo la Iglesia sacase en procesión al santo del día -el de verdad, no una de esas "performances" anticlericales que nunca faltan en esa marcha- ni tampoco para que reivindicase, por ejemplo, el dogma de la Inmaculada Concepción. Ni sería el lugar, ni la ocasión, ni los organizadores de la marcha lo permitirían. Como tampoco me imagino que un solo euro de los trescientos mil que la alcaldesa Carmena destina a la celebración del Ramadán en Madrid, se gaste en una carroza de dragqueens o en una mísera pancarta en favor de la «diversidad de género». No, definitivamente no.

Pero eso, que algunos nos parece obvio, tengamos razón o carezcamos de ella, nos convierte inmediatamente en parias del pensamiento políticamente correcto. Se da la circunstancia de que los que se ríen de los que se toman en serio que una cabalgata de Reyes -por ejemplo la de Madrid y su carroza de la "diversidad"-no debe desvirtuarse, tienen la piel extremadamente fina cuando se quita importancia a alguno de los dogmas de ese pensamiento único en el que se ha convertido la corrección política. Entonces se pierde el sentido del humor, las bromas no tienen gracia y los mismos opinadores que exigen quitar hierro a la indignación ajena y se burlan de quien se ofende por lo que a ellos no les parece importante, súbitamente se convierten en censores o se suben al púlpito a impartir doctrina, con el convencimiento absoluto de que más allá de su opinión sólo hay retrógrados y fascistas.

Son los mismos que se burlan de los que se molestan si gente como la de Arran quema una bandera de España en Palma -al fin y al cabo, sólo es un trapo-, pero entienden o comparten la indignación si son otros los símbolos que se destruyen, y desde luego, no les da la risa cuando la cosa tiene que ver con la lengua catalana o cualquier signo identitario distinto al español. En ese caso, acábense las risas y cúmplase la ley.

Me aburre su solidaridad de pega, sus airadas denuncias en artículos o en redes sociales y su vagancia a la hora de hacer algo por esos a los que dicen defender. No los veo en los comedores sociales, ni cuidando a los que nadie quiere, ni acompañando a los descartados de la sociedad, ni manifestándose allí donde uno se juega una paliza o la libertad. Lo suyo es la reivindicación, no la misericordia, el postureo y no la acción. Se creen que con la palabra escrita, sin más riesgo que una falta de ortografía, ya cumplen su labor social. Mucho más si aprovechan para insultar o hacer responsable a alguien de los males del mundo.

Los que anatematizan a quien niega el cambio climático, pero no están dispuestos a renunciar a una sola de las comodidades con las que ese calentamiento se produce. Los que no dan importancia a la propiedad privada, hasta que es la suya la que está en riesgo. Todo eso me aburre y me enerva a partes iguales, y como nada hace pensar que esa corriente de censores de pensamiento único decrezca, me imagino el mismo hastío en este año que empieza. 

Veo las fotografías de la Gala de los Globos de Oro. Mujeres y hombres desfilan por la alfombra roja, vestidos de negro para denunciar el acoso sexual en la industria del cine. Súbitamente redimidos ellas y ellos de su ignorancia y de su cobardía por la gracia del gesto de un día. Qué valientes, qué comprometidos, qué fácil y que bien sienta el negro ¿Acaso no sabían lo que ocurría ante sus narices? ¿Cuántos de ellos arriesgaron su carrera por denunciar el peaje que habían pagado sus compañeras? Pues eso. Progres de salón. Pensadores de #hashtag.

Gari Durán es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO/El Día de Baleares

Publicado en EL MUNDO

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