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SOMOS PARTE DE ALGO MÁS GRANDE
SOMOS PARTE DE ALGO MÁS GRANDE

A estas alturas de la crisis secesionista, nadie pone en duda que las instituciones y organismos políticos de Cataluña no llevan sólo unos meses actuando en contra de la legalidad. Un conflicto de este calibre es consecuencia de muchos años de adoctrinamiento desde la escuela, los medios de comunicación subvencionados o el poder político, mientras tanto otros en Cataluña y el resto de España miraban para otro lado y hacían dejación de sus responsabilidades políticas y ciudadanas. Todos tenemos algo de culpa en que se haya llegado a este punto, aunque la principal corresponde a los promotores de la sedición y a los sembradores de la política del odio.

Cuando dicho problema ha permeado en la sociedad catalana, profundizando y echando raíces, la crisis es mucho mayor, mayor que lo puramente político, y su solución no puede ser meramente legal. Por un lado, no puede consistir en negociar con los impulsores del independentismo nuevas financiaciones o nuevas competencias; no entender esto -como parece no entenderlo el Gobierno de España según sus últimas manifestaciones públicas- es un inmenso error que nos abocará a nuevos episodios como los presentes o peores en breve plazo. Pero, por otra parte, cuando una parte muy significativa de la población, en algún lugar del territorio nacional, no se siente identificada con la Nación ni el marco constitucional que rige en ese territorio, no basta con recordar que sin acatamiento de la ley no hay democracia ni es posible garantizar las libertades públicas y los derechos individuales. No basta con utilizar los símbolos patrios, como la bandera nacional, a manera de armas arrojadizas. No basta con sostener el imperio de la Ley con la aplicación del Derecho y las legítimas medidas coercitivas. No basta con esgrimir argumentos económicos, históricos o legales. Aunque todo eso sea imprescindible, no es suficiente.

Cuando dicho problema ha permeado en la sociedad catalana, profundizando y echando raíces, la crisis es mucho mayor, mayor que lo puramente político, y su solución no puede ser meramente legal”

El independentista catalán está convencido de que su voluntad, o la voluntad de su pueblo, es suficiente para crear una Nación. No sólo cree que sea posible, sino que desea que suceda. Contra esta pretensión, que no es racional sino sentimental, no vale sólo el argumento frío de la ley. Podrán servir el Código Penal o el artículo 155 de la Constitución para destituir y castigar a quienes en esa región cometen ilegalidades y delitos; pero el problema de fondo –la siembra de odio y emociones separatistas- exige para ser contrarrestada una labor política, social y cultural de fondo y a largo plazo que solo políticos de largas miras pueden afrontar y promover. Esa actuación punitiva y de defensa del Estado de derecho es necesaria si se quiere preservar el respeto a la legalidad; sin embargo, no se puede tratar con las mismas medidas a los sediciosos que a la sociedad. Es un problema mucho más amplio, con una solución más compleja.

Cuando una parte de la población no se siente parte del proyecto común que representa una nación, es urgente, necesario e imprescindible hacer política con mayúsculas, política de altura y grandes alcances, política en su sentido más noble. Y dicha política debe girar en torno a una idea de España olvidada en la actualidad. No podemos seguir pretendiendo convencer a una sociedad desafecta a base de legalidad; hay que volver a enamorar a la sociedad catalana con ese proyecto común que llamamos España.

Cuando una parte de la población no se siente parte del proyecto común que representa una nación, es urgente, necesario e imprescindible hacer política con mayúsculas, política de altura y grandes alcances, política en su sentido más noble”

La Ley prevalecerá, pero nadie puede forzar a un catalán desafecto a sentirse español, y mantener esa situación se hará a costa de envenenar de odio a la sociedad. Es preciso, primero, reconocer las propias culpas y responsabilidad en el largo proceso que propició y desembocó en la desafección nacionalista. Pero más importante aún es volver la vista hacia lo que ser español supone, pues no podemos estar defendiendo algo que ni siquiera sabemos qué es.

Ser español es reconocerse catalán en Cataluña, andaluz en Andalucía, gallego en Galicia, extremeño en Extremadura, etc. Con el independentista de a pie no funcionan las porras o las banderas, ni el nihilismo economicista, sino el mostrarle que en lo personal todos pertenecemos a una tierra característica, con sus lenguas, costumbres e historia particulares, pero que esa particularidad se ensalza y torna fructífera cuando la compartimos bajo una misma nación, cuando la ponemos al servicio unos de otros.

Ser español es poner en práctica esa herencia de siglos de hermandad, en que, a pesar de ser diferentes, todos esos pueblos trabajaban por el bien común. Sin ese sentimiento de unidad, de formar todos parte de algo más grande, es imposible devolver a un convencido independentista el sentimiento patrio que ahora rechaza.

Sin ese sentimiento de unidad, de formar todos parte de algo más grande, es imposible devolver a un convencido independentista el sentimiento patrio que ahora rechaza”

Es la hora de empezar, por una vez, a hablar al corazón y la cabeza de todos los españoles. Ante un ataque tan agresivo hacia lo que nuestra Nación es, no podemos hacer sólo uso de la ley. Es la hora de recordar a todos los españoles, catalanes o no, el estrecho abrazo de quienes nos precedieron, y que dicho abrazo tiene valor precisamente porque fue el primer paso hacia un futuro mejor y compartido. Es la hora de una movilización cultural y afectiva del conjunto de la sociedad española y no sólo de los políticos para buscar entre todos las soluciones que redunden en beneficio y felicidad de todos, sin poner en entredicho la ley y la justicia. En este reto histórico toda la sociedad –intelectuales, empresarios, universidades, políticos, historiadores, líderes de opinión, ciudadanos de a pie y partidos políticos, entre otros- tenemos mucho que decir y hacer.

 Lo peor sería engañarnos creyendo que con pagar un precio político o económico circunstancial a la casta política separatista catalana el problema se resolverá. Ese planteamiento sería crear nuevos vientos que provocarán futuras y más graves tempestades.

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