¿QUÉ SE QUIERE HACER DE ESPAÑA?


¿QUÉ SE QUIERE HACER DE ESPAÑA?

A la vista de las decisiones políticas y legislativas que se estaban tomando desde primero de septiembre por parte del Govern y del Parlament de Cataluña, que suponía una ruptura voluntaria con el ordenamiento jurídico constitucional y estatutario y que tuvo su punto álgido en la jornada del 1 de octubre -aderezado todo ello con declaraciones no proclamadas y proclamaciones suspendidas- no quedaba más remedio que la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Y no porque fuera el instrumento legal idóneo para recuperar la normalidad democrática, que lo era, sino porque permitía sentar las bases para iniciar la senda de la reconciliación del pueblo catalán y el sosiego del resto de españoles.
Ese fue nuestro diagnóstico, el diagnóstico de AVANZA, y por eso propusimos desde el primer momento la aplicación del artículo 155.
Durante muchos años y a causa de un mal diseño tanto del Título VIII de la Constitución como del Régimen General Electoral, hemos sufrido la deriva anticonstitucional de los partidos nacionalistas con la connivencia de los partidos de ámbito nacional. El principio jurídica Do ut des (te doy para que tú me des) funcionó durante más de treinta años, y el intercambio de cromos consistió en más autonomía a cambio de estabilidad parlamentaria.
No cabe duda que este sistema que hemos venido en llamar partitocrático, explica en gran medida el inmovilismo con que se han abordado muchos de los problemas que han derivado en la actual crisis de estado que padecemos.
El artículo 155 ha devuelto las aguas a su cauce. El movimiento independentista está anestesiado, las algaradas callejeras extenuadas, los dirigentes de la cosa independentista desarbolados y sin rumbo, tras descubrir que la derrota de la legalidad cuando se vulnera, conduce tarde o temprano a la rendición de cuentas.
La convocatoria de elecciones para el próximo 21 de diciembre sorprendió, desconcertó y molestó por lo precipitado de la decisión. Sin embargo, hay que reconocer que está siendo un baño de realidad democrática para la sociedad catalana.
Las elecciones presiden en estos momentos el debate político, incluso las citaciones del Vicepresidente Junqueras y siete consejeros de la Generalitat con prisión provisional incluida, así como el esperpéntico mutis por el foro de Puigdemont, que nos recuerdan que los actos tienen consecuencias. Todo esto contribuye a desmontar el relato de la posverdad con la que escenificaron la tramoya independentista.
¿Qué queda de todo ese sueño arcádico? Una fractura social que divide a Cataluña en dos. Aquellos que sumados a las huestes gregarias jaleadas por grandes ilusionistas y mesméricos mensajes creyeron que la independencia les traería un mundo feliz, y aquellos otros silenciados durante muchos años por quienes les estigmatizaban por no ser de los suyos, y que ahora han recuperado el orgullo de ser español.
Y en el horizonte de la carrera de San Jerónimo inicia sus trabajos la comisión para la reforma constitucional. Todos los partidos están de acuerdo en que es necesaria, pero la pregunta es ¿para qué? ¿qué se quiere hacer de España?

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