Aprovecharse de Franco


Aprovecharse de Franco

Más de cuarenta años después de muerto, la izquierda se quiere adornar sacando a Franco de su tumba. La verdad es que lo que persiguen es otra cosa, porque el lugar en el que descansen los despojos de Franco no es asunto que a nadie pueda quitar el sueño. Si quieren que Franco salga de su fosa es para demostrar varias cosas, todas ellas falsas, la primera que el franquismo sigue vivo, la segunda que su herencia, simbolizada en la Corona debe ser borrada, la tercera, pero no la menos importante, que estas son las alcabalas políticas que debemos pagar todos por el triunfo de la democracia, es decir, de la izquierda. De paso, intentan apartar la mirada de los españoles de cualquier otro asunto, objetivo en el que es sumamente eficaz el suculento regalo televisivo que les hizo Soraya, y, ya puestos, deslegitimar la firmeza en la defensa del orden constitucional que el Rey supo simbolizar con extraordinaria valentía y brillantez en reciente su discurso a los españoles.

Pedro Sánchez puede acabar siendo víctima de su extremo tacticismo, porque parece no darse cuenta de que, abriendo de esa manera la puerta a la recuperación de votos por la izquierda, que es lo que probablemente busca, puede hacer que salte por los aires el sistema que le ha permitido llegar a la presidencia.

Si él no está detrás de las comprometedoras revelaciones que involucran a Don Juan Carlos en asuntos extremadamente vidriosos, y es de suponer que no lo está, tendrá que caer en la cuenta de que son muchas las casualidades que coinciden en potenciar una cadena tan peligrosamente desestabilizadora: sacar a Franco de su tumba y exponerlo a un debate trucado, sentar a Don Juan Carlos ante unos jueces bien dispuestos, y, finalmente, poner en la picota y en el trance de abdicación o abandono a Felipe VI por sus supuestas responsabilidades políticas como heredero de su padre y del propio Franco.

Al remover todo esto, se pega también un burdo manotazo a dos asuntos muy delicados con enorme potencial de desestabilización, al papel de la Iglesia, puesto que Franco descansa en una Basílica Pontificia, y la forma de concebir la unidad española, que, naturalmente, solo se pone en cuestión por quienes quieren, por encima de todo, acabar con ella. Hay que estar muy ciego para no ver que existe una sospechosísima coincidencia entre los intereses de los supremacistas catalanes y las ambiciones de los radicales que aspiran a llegar no al poder de una democracia madura, sino a un monopolio como el de Nicaragua, o Venezuela, esos lugares en los que se ventilan a tiro limpio las reclamaciones de libertad, justicia y bienestar de los ciudadanos decentes, convertidos por las respectivas dictaduras militares en enemigos del poder revolucionario, del “pueblo”, es decir de Daniel Ortega, de Nicolás Maduro que ocupan esa posición a la que aspira nuestro Iglesias mientras espera que caiga la fruta madura de la República popular en su “dacha” de Galapagar.

Pedro Sánchez está jugando con fuego y todo puede acabar ardiendo, incluso sus posaderas. De momento, las encuestas parecen irle bien, pero es porque premian un final demasiadamente dilatado, ya veremos lo que ocurre cuando los españoles se den cuenta de lo que se pone en juego con la disculpa hipócrita del traslado de los restos de Franco, un asunto en el que, por lo demás, cualquier movimiento deberá ajustarse a la legislación vigente sin tratar de convertirlo en señuelo de ninguna revolución pendiente. Claro es que esto supone asumir que la política es el noble arte de resolver problemas, pero hay quienes solo son capaces de ejercer el innoble oficio de crearlos, aumentarlos y exacerbarlos para tratar de sacar ventaja del tumulto. Sería muy de lamentar que Pedro Sánchez no viese con claridad en qué lado de la alternativa está su mejor futuro.

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